Desventuras de un ente rodante

Hoy he tenido un nuevo desencuentro con la Humanidad -cada vez me cuesta más poner esa mayúscula- mientras me desplazaba a una revisión en transporte público.

Situaos: son las once de la mañana y en Madrid está medio nevando.

Aquí hago un inciso importante: después de varios años viviendo en esta ciudad he desarrollado la teoría de que la lluvia, ese relativamente común fenómeno atmosférico, desconcierta mucho-muchísimo a los madrileños. El tráfico rodado se vuelve aún más hostil y metros y autobuses con frecuencias de paso muy irregulares se llenan con más viajeros de lo habitual -y más huraños también- que buscan su espacio entre charcos y goteras.

Si esto sucede cuando llueve, ¡imaginaos qué niveles de alteración de la consciencia alcanzan con la nieve!

Nieve y desenfreno

Nieve y desenfreno

Volvamos a la escena.

Cae aguanieve en el exterior y yo, con mi ya notable barriga de casi 7 meses (27+3), me desplazo con cuidado para no resbalar hasta la parada de metro de Lavapiés.

Mi destino es la Fundación Jiménez Díaz, donde me esperan para hacerme una ecografía en algo más de 40 minutos.

Voy con tiempo de sobra y albergo la cálida esperanza de poder sentarme durante el trayecto en metro hasta Moncloa y recuperar así mi centro de gravedad y mi temperatura corporal después de varios amagos de tropiezo. Maldito aquaplanning.

Cuando llego al andén faltan 2 minutos para que el metro haga lo propio. Me sitúo al final, donde sé que está la mejor salida para apearme cuando llegue al fin de trayecto. Viene el vagón y no parece demasiado lleno… Entro con cuidado y compruebo que están todos los asientos ocupados. Sé que en la parada siguiente –Sol– se suele bajar bastante gente, así que me resigno a esperar a llegar a esa estación para ocupar algún sitio que quede vacío, algo que efectivamente sucede, ¡bien!

Al sentarme tengo que desabrocharme el abrigo, que me tira porque no es de pre-mamá. Si alguno de mis compañeros de viaje sospechaba que me quería sentar porque me pesaba el culo, ahora ya están viendo que lo que me pesa es otra cosa. Me acomodo y sonrío pensando en la suerte que he tenido de que se levantara alguien sin tener que haber pasado la vergüenza de solicitar que me cedan el sitio; por lo que sea, me da pudor pedirle a nadie que se levante.

Siguiente estación. Advierto que entra una chica más o menos de mi edad y con una barriga de embarazada de por lo menos 6 meses; como además es más bajita que yo, aún se le nota más que a mí, y eso que lo mío es público y notorio a estas alturas, pese a los 10 kilos que he perdido en estos meses.

La veo agarrarse a la misma barra que me ha servido a mí de sostén al subirme al tren y buscar un asiento libre en el vagón.

Los pasajeros la ven, pero ninguno hace ademán de levantarse.

Metros vienen, metros van

Metros vienen, metros van

Más de una docena de personas, aparentemente sin lesiones y en un rango de edad por debajo de los 50 años; todas ellas reparan en esa mujer, como supongo que antes lo hicieron en mí, y siguen mirando sus móviles, la ventanilla oscura, el mapa de estaciones de metro, el suelo de goma.

Yo la miro a ella y me sonríe como reconociéndome miembro de un club, con cierta resignación.

Me levanto -no sin esfuerzo- y le digo, usando un volumen perfectamente audible en todo el vagón: “Siéntate, que tú estás igual o más embarazada que yo”.

Hay dos segundos de silencio en los que parece que hasta los motores del metro han parado. Respiraciones contenidas. Miradas furtivas. Cervicales chirriantes se giran para ver la escena, con más o menos disimulo.

Ella se lleva las manos al pecho y enrojece un poco: “¡No, no, no; faltaría más!“.

Por favor“, le digo, con mi mejor sonrisa Profidén.

La veinteañera que hay sentada a mi lado (curiosamente en el asiento reservado para mayores, embarazadas, etc.) es la única que se levanta. LA ÚNICA, y después de que yo, todo un ente gestante rodante, me haya tenido que ofrecer a cederle el sitio porque a ningún otro pasajero se le ha ocurrido hacerlo.

Así que al final hemos conseguido llegar ¡sentadas! las dos hasta Moncloa.

Un embarazo no es una enfermedad ni una discapacidad, pero ¿de verdad es tan difícil entender que algunas necesitemos sentarnos en el transporte público? Para descansar, para no caernos en un frenazo, o simplemente porque hay un ser vivo, en movimiento, desplazando nuestros órganos internos, que vive literalmente de y en nosotras.

Y no, no todos los que viajaban en ese vagón de metro eran adolescentes descorazonados. Había hombres, mujeres y niños de edades muy diversas y casi cualquiera de ellos podrían haber cedido su asiento.

Comparto una campaña de hace unos cuantos años de un creativo y diseñador chino, Shiyang He, llamada Stand Up For The Pregnant. Hay que explicarlo todo, y ni así…

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